"MIENTRAS IBA CAMINANDO ENTRE ENEBROS cenicientos, oí de repente un rumor insólito, una especie de silbido que se asemejaba al grito de alerta de las gamuzas. Miré a mi alrededor y capté con el rabillo del ojo derecho la silueta de un bípedo que huía entre los árboles, en dirección al borde del claro, donde una tupida maleza de arbustos enanos recubría el pie de la pendiente. Sin hacer ruido y doblada hacia delante, la criatura seguía corriendo, se eclipsaba detrás de un árbol para volver a aparecer como un monstruo, con el resplandor de la luna a la espalda. Fue entonces cuando giró la cabeza hacia mí y permaneció inmóvil por un instante. Volví a oír aquel furioso bufido y, durante una fracción de segundo, pude ver su rostro: vi ojos y dientes, pero apenas logré distinguir forma o color. La cara no era más que una sombra gris y el cuerpo una silueta oscura, y así, amenazante, se erguía ante mí aquella figura. Era completamente peluda, tenía dos patas cortas y brazos fuertes que le caían casi hasta las rodillas. Calculé que mediría más de dos metros de altura. Aquel cuerpo parecía pesar mucho más que un hombre de idéntica estatura, pero se acercaba a la linde de los arbustos enanos a paso tan ligero y vigoroso que me causó tanto pánico como alivio. Era evidente que ningún ser humano podía correr a ese ritmo en medio de la noche, ¿pero qué animal había que tuviera una figura como la que yo acababa de observar? A lo lejos, detrás de los árboles, a la altura de los primeros arbustos, aquel engendro nocturno volvió a detenerse como si tuviera que tomar aliento. Sin girarse nuevamente se quedó inmóvil en la noche iluminada por la luna. Estaba ahí y no volvía ni siquiera la cabeza. Me sentía demasiado confundido como para sacar los prismáticos de la mochila".
Así narra su encuentro con el yeti Reinhold Messner, el hombre a quien muchos consideran como el alpinista más importante de la historia, que ha dedicado los últimos 12 años a la búsqueda del yeti. Tras consagrar su existencia a la conquista de las cumbres, este tirolés se ha empeñado en perseguir una leyenda nacida en las faldas del Himalaya y que se extiende desde Pakistán a Bután y del Hindukush a Siberia, intrigando cuanto menos a un tercio de la población humana.
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